Ensordecedor silencio
Veo pasar aquellos jóvenes felices, gozando su vida. Disfrutando la salida con amigos, bebiendo sus bebidas azucaradas, lanzando miradas a las chicas de al lado. Recuerdo que yo era así hace algunos unos años. Sentir la vida por delante. Sin miedo. Sin responsabilidades. Sin tristeza.
[Una suave brisa acaricia la cara del viejo, mientras su mente sigue perdida en recuerdos. Su mirada fija]
¿Qué tiene que pasar en nosotros para perder la alegría que caracteriza a los niños?
¿Qué tiene que pasar con nosotros para dejar de disfrutar la vida?
¿Hasta que punto es "normal" amargarnos con nuestras decisiones?
¿Cuándo es adecuado perder la empatía con las personas y volvernos egoístas?
[Las preguntas parecían infinitas en su cabeza, una tras otras. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Él sabía que su final estaba cerca, que las tazas de café amargo estaban contadas]
Debí haber leído cuanto libro pudiera.
Debí haber tomado cuantas copas quisiera.
Debí comer cada bocado sin miedo a las consecuencias.
Debí regresar esas llamadas que tanto postergaba.
Debí besar más a quien tanto amaba.
Debí reír mas en cada momento.
Debí viajar más a cada rincón de la tierra.
Debí disfrutar esos momentos de felicidad pura. No atesorarlos.
[Lágrimas caían ahora en su camisa fina, opacando la tela a su paso y revelando el incómodo chaleco que portaba debajo. Los recuerdos como sanguijuelas se aferraban a su mente. El tiempo seguía su camino, sin importarle los pensamientos del viejo]
Recuerdo a mi padre a las 3 AM, dejando su cama para iniciar su turno en el muelle.
Recuerdo a mi madre llorando, de rodillas, frente al cuerpo inerte de mi hermana.
Recuerdo el suicidio de mi madre, el abandono de mi padre, la casa sola.
Recuerdo las caricias, los labios que me besaban, el dinero que les pagaba.
Recuerdo el nacimiento de mi hijo, de mi hija, de mis nietos.
Recuerdo aquellos desayunos calientes a las 6 de la mañana, los cuales se detuvieron un día.
Recuerdo todo, menos los sentimientos que los acompañaban.
[Así pasaban familias frente a él. Una de ellas captó su atención, un padre limpiando el jugo que su bebé había derramado sobre su camisa. Las manchas parecían a aquellas que inundaban ahora (mezcladas con sudor) la camisa del viejo. Pero tenían un color particular. Esto lo hizo sonreír, pensando en que en unos momentos ya no tendría que preocuparse por las manchas de jugo rojas en su camisa.
En esos preciados minutos antes de su muerte, mientras el viento soplaba, su camisa ahora empapada y translúcida dejaba ver completamente lo que había en su chaleco. El viejo accionó el interruptor. Un click metálico retumbó... y después silencio. Sólo ensordecedor silencio.]
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