Éramos muy jóvenes

“¡¿Atascados?!” dijo ella en tono de burla desde la ventana.

“Atascados no, atorados” contesté en forma monótona mientras revisaba el motor. 

“No tienes ni la más remota idea de lo que estás viendo, ¿verdad?” me dijo.

“No se requiere a un mecánico automotriz para descubrir que está averiado el motor” mentí.

“Al menos un mecánico sabría qué hacer” murmuró en tono alto “bien me lo advirtió mi madre, ‘no te cases con él’ me dijo. Pero nunca fui buena para seguir instrucciones. Y menos de mis padres.” -pensó un momento- “Sabes, quizás y tenían razón acerca de nosotros. Éramos muy jóvenes”

Desvié la mirada del motor hacia el cielo. Esta no era la primera vez que lo mencionaba. Gracias al capote no podía ver su cara ni ella la mía. Y eso lo agradecía. Mis ojos de tristeza no podían guardar la decepción hacia las palabras que mencionó. La desilusión que estas causaban cada vez que las pronunciaba oscurecían un poco más mi corazón. Sabía que no las decía para lastimarme, sin embargo tenían el efecto contrario. He aprendido que en estos casos, el silencio es la respuesta más adecuada.

“Quizás sea necesario llamar a emergencias y pedir apoyo vial” dijo ella, rompiendo el silencio “¿quieres que marque?”

No contesté, mi mente estaba perdida en pensamientos años atrás. Una propuesta improvisada, una boda dividida, promesas eternas. Bueno, la mía lo es.

“No fue en serio lo que dije antes, no lo tomes a mal. Sabes que digo burradas cuando estoy frustrada.” el tono en su voz parecía condescendiente.

“No necesito ser tratado con pinzas. Si sientes algo y quieres decirlo, no tienes porque retractarte. Una relación no es siempre dulzura y felicidad. Debemos soportar los tiempos difíciles y crecer ante la adversidad. Al menos eso acepté yo.” le contesté, el dolor en mis palabras era evidente.

“¿Estás diciendo que yo no estoy comprometida con este matrimonio?” dijo con enojo creciente “¿crees que no quiero salir corriendo en los momentos difíciles y dejar todo atrás? Pero no lo hago, porque tomamos votos y nos comprometimos a...”

“Ahí está el problema,” le dije sin dejarla terminar “en los momentos difíciles no deberías de querer correr. Esa actitud no denota compromiso, mucho menos cariño. Porque no te das por vencido con las personas que amas.”

La puerta del coche se abre y aparece ella con ojos llorosos por un lado del capote abierto. Una mezcla de emociones se expresaba en su cara. Sus ojos amenazantes encontraron los míos.

“¿Cómo te atreves a decir que no me comprometo con nosotros? ¿cómo dudas de mi cariño si sigo aquí, a tu lado después de todo?” me dijo con la voz entrecortada.

“Pero no quiero que te quedes aquí, atascada conmigo, sólo porque sientes que debes hacerlo. No quiero que te vuelvas miserable en una vida que no ves como tuya.”

Pasaron minutos en total silencio. Su cara se suavizó por un momento y pude jurar que ví una sonrisa en sus labios. Al fin, ella rompió en carcajada. Mi ceño fruncido se convirtió en uno de asombro. Una sonrisa no pudo evitar escaparse de mi boca.

“Atascada no, atorada.” dijo ella al fin “estamos atorados, ¿que no?”

Mi semblante se relajó completamente. Ahí está la mujer de la que me enamoré. Sin advertencia, mi cuerpo la envolvió en un abrazo. No la quería soltar. Nunca.

"No creas que esto nos libra de platicar las cosas, ¿eh?" le dije mientras hundía mi nariz en su cabello.

"Platicaremos, una vez que lleguemos a casa" me contestó "mientras tengo que hacer una llamada"

"¿A quién llamarás?" le pregunté curiosamente.

"Auxilio vial" -me dijo con una sonrisa- "realmente estamos atascados, amor"


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